Este domingo 29 de noviembre, se van a cumplir 122 años de la muerte de Ganivet. A muchos granadinos, sobre todo jóvenes, este apellido le transporta directamente a la calle más de moda del centro de la ciudad de Granada, donde hoy, parece que incluso a pesar de las dificultades, hay que pasear o disfrutar en alguno de sus establecimientos, independientemente de la hora y día de la semana en el que nos encontremos.
Obviamente Ganivet es mucho más que eso. Hablar de Ángel Ganivet, es trasladarse a una época de nuestra historia, de mayor relevancia, ya sea literaria, política, social, etc…
Hace mucho que cayó en mis manos un ejemplar de su Idearium español, leerlo hoy, es darnos cuenta que aunque haya transcurrido más de un siglo, igual muchos de los temas que trata su autor y sus opiniones al respecto, parecen haberse redactado ayer tarde, dada la situación en la que se encuentra nuestro país, no sólo a nivel político, sino social, económico y administrativo.
Leer la obra de Ganivet, aún en la distancia temporal, es entrar en asuntos de rabiosa actualidad.
Ganivet y sus tesis, no dejaron indiferentes a nadie de los círculos de la intelectualidad de la época, en primer lugar, podemos mencionar a Unamuno, cuando una vez leído el Idearium español manifestó sobre Ganivet en El Porvenir de España, que:
“me he encontrado con un hombre para mi nuevo, y de veras nuevo, un hombre nuevo, como los que tanta falta nos hacen en esta pobre España, ansiosa de renovación espiritual”.
Y considerar al libro como: “como alta roca a cuya cima orean vientos puros, destacándose del pantano de nuestra actual literatura, charca de aguas muertas y estancadas de donde se desprenden los miasmas que tienen sumidos en fiebre palúdica espiritual a nuestros jóvenes intelectuales”.

Es cierto que Unamuno compartió muchas de las visiones que Ganivet plasmaba en el Idearium, otras no tantas, aunque para beligerante con su contenido, en cantidad y calidad, Azaña, donde en algunos de sus textos, como por ejemplo los contenidos en Plumas y Palabras tuvo oportunidad de mostrar su disconformidad con varios de los asuntos tratados y expuestos por Ganivet. Quizás el que con más ahínco se trató fue el referido a los comuneros castellanos en la batalla de Villalar en su lucha contra Carlos I. No se quien llevará la razón, pero la controversia puede durar hasta nuestros días, y Azaña nunca le perdonaría a Ganivet el que éste último se refiera a dicha batalla de la siguiente manera: «Los comuneros no eran liberales o libertadores, como muchos quieren hacernos creer, no eran héroes románticos inflamados por ideas nuevas y generosas; eran castellanos rígidos, exclusivistas, que defendían la política tradicional y nacional contra la innovadora y europea de Carlos l.» Para Azaña, los comuneros, a lo mejor no eran liberales como se concebían en el siglo XX, pero de lo que no hay duda para el presidente de la segunda república es que los comuneros, lo que querían, eran liberarse del despotismo del que denominaba “César” -Carlos I-, defendían un derecho, y pedían garantías, conducentes al gobierno de la nación por las clases media y productora.
De lo que trato ahora con estas reseñas, no es tanto, profundizar en el pensamiento de Ganivet y sus mayores o menores aciertos, sino exteriorizar importantes cuestiones que su Idearium español aportó al pensamiento y debate de la época, iniciando la célebre generación del 98, que tanto ha aportado a nuestra literatura y que si lo leemos a día de hoy, cuanto menos nos puede sorprender la cercanía de aquellos planteamientos a estos tiempos presentes.
Son muchas y variadas las cuestiones que trata Ganivet en su libro, me voy a centrar en las que considero más oportunas, relacionadas con al ámbito social, político y gubernamental, donde de alguna manera le pido al lector, que esta lectura la realice bajo el prisma del actual panorama nacional. En ese sentido, y como ya tuvo oportunidad de escribir Unamuno, fue valiente Ganivet al señalar que ante la situación de ruina espiritual de España «hay que ponerse una piedra en el sitio donde está el corazón y hay que arrojar, aunque sea un millón de españoles a los lobos, si no queremos arrojarnos todos a los puercos».
Más alegórico es el momento cuando acude a la celebérrima obra de Calderón de la Barca, para declarar que: “España, como Segismundo, fue arrancada de su caverna y lanzada al foco de la vida europea, y después de muchos y extraordinarios sucesos, que parecen más fantásticos que reales, volvemos a la razón en nuestra antigua caverna, en la que nos hallamos al presente encadenados por nuestra miseria y nuestra pobreza, y preguntamos si toda esa historia fue realidad o fue sueño».

Antiguo Molino de la Zagra sobre la Acequia Gorda del Genil.
Idearium español trata variados temas, a cuál de ellos más interesante, como el relativo al ámbito legislativo del país, a este respecto, Ganivet nos dice que España no ha tenido nunca leyes propias, que le han venido siempre impuestas por “dominaciones extrañas” explicando que cuando la Reconquista “se relajaron los vínculos jurídicos, desapareció la unidad legislativa y casi pudiera decirse que hasta le Ley, puesto que los esfuerzos para sustituirla llevaban a la negación de la propia Ley”.
Para Ganivet, los Fueros se fundaban “en el deseo de diversificar la ley para adaptarla a pequeños núcleos sociales”, advirtiendo de que si esa diversidad era excesiva como lo fue en muchos casos, se podía llegar a tan exagerado atomismo legislativo que cada familia quisiera tener una ley para su uso particular. Incide en este tema, manifestando que, “en la Edad Media, nuestras Regiones querían reyes propios, no para estar mejor gobernados, sino para destruir el poder real”. Todas las clases sociales querían fueros y privilegios, entonces estuvo nuestra patria a dos pasos de realizar su ideal jurídico:
“que todos los españoles llevasen en el bolsillo una carta foral con un solo artículo: “Este español está autorizado para hacer lo que le dé la gana”.
Termina Ganivet con una afirmación intemporal en el ámbito nacional en referencia a la administración de justicia cuando dice que: “No hay un pueblo cuya literatura ofrezca tan copiosa producción satírica encaminada a desacreditar a los administradores de la ley; en que se mire con más prevención a un Tribunal, en que se ayude menos a la acción de la justicia”
En cuanto a la organización de los poderes públicos es muy interesante lo que piensa Ganivet al respecto, indicando que para ese fin “no exige cierta ni arte extraordinario, sino amplitud de criterio y buena voluntad”, manifestando además, que “una sociedad que comprende sus intereses, organiza el poder del modo más rápido posible y pasa a otras cuestiones más importantes”. Ni que decir tiene, que tales opiniones, extrapoladas a la actualidad, nos hacen ver a nuestra actual clase política, donde muchos de sus miembros, tampoco parecen comprender tales intereses, puesto que llevan organizando el poder político desde el 78, y aun así, muchos de ellos, ponen también en entredicho lo establecido en el 78. Concluye Ganivet el asunto afirmando que “una nación que vive un siglo constituyéndose no es nación seria: en ese hecho sólo da a entender que no sabe a dónde va y que por no saberlo se entretiene discutiendo el camino que conviene seguir”.
Compara al movimiento político de la Restauración con un “andamiaje” político donde se debe sustentar todas las acciones posteriores, por eso el “andamiaje” debe ser sólido y fijo, a pesar de que hay gentes insaciables e insensatas que no están contentas todavía y las acciones de esas gentes, que van contra la solidez del “andamiaje” se traducirá en la falta de dirección política en general, de ideas en particular: “a tendencias universales a resolver las cuestiones por auxilios extraños, no por propio personal y esfuerzos, la nación entera aspira a la acción exterior, a una acción indefinida y no comprendida que realce nuestro mermado prestigio; las ciudades viven en la mendicidad ideal y económica y todo lo esperan del Estado…”.
Por último, en cuanto a los denominados “reformadores” de ellos dicen “no pueden crear nada durable, concluyen por aceptar un cargo público o un empleo retribuido…”

Sitio favorito de Ganivet para reunirse con sus amigos de la denominada Cofradía del Avellano que el mismo creó.
Es de destacar la opinión que tiene Ganivet sobre el sistema de acceso a la función pública, a mi parecer, es también tratado en este libro de una manera providencial, llevo más de veinte años en la función pública, he visto de todo, y hoy mantengo que si hay algo realmente nefasto en nuestro país es la forma de acceder a la administración pública y más para determinados puestos, principalmente en los correspondientes al grupo A1. El aprobar una oposición es un premio a la constancia, pero no a la capacidad, esa hay que demostrarla día a día, y hay quienes no lo logran en toda su vida laboral, aunque sean los menos, son lo que más se hacen notar. Ganivet, propugna como cambio más provechoso sustituir las oposiciones por lo que él llama el examen de “obras” de los aspirantes, es cierto que ni concreta ni desarrolla dicho sistema, solo expone que se deberá de “examinar el trabajo personal de cada aspirante y se apreciara la capacidad de cada uno y lo que es más importante, el servicio que de él podría esperar la nación, dado que en el sistema de oposiciones, como en las carreras de caballos, triunfa, no el que tiene más inteligencia sino el que tiene mejor resuello y patas más largas”.
Sobre los centros docentes o educativos, Ganivet no tiene piedad en declarar lo que realmente siente y ve, y así los describe de la siguiente manera:” Nuestros centros docentes son edificios sin alma, dan a lo sumo el saber, pero no infunden el amor al saber, la fuerza inicial que ha de hacer fecundo el estudio cuando la juventud queda libre de tutela”.
Es de destacar, el asunto de las relaciones internacionales de España. Ahí surgen varias cuestiones interesantes y hoy de copiosa actualidad. En primer lugar, deja claro de forma explícita que España, “ni por el Norte, ni por el Occidente, ni por el Oriente hallará promesa de engrandecimiento mediante acción política exterior. En segundo lugar, Ganivet destaca el papel que España debe de jugar en el Mediterráneo y en especial en su relación con Marruecos, manifestando que en esa relación nuestro país debe de actuar, siendo la abstención, funesta, dado que nuestro país está real y positivamente interesado en esa relación, recordando en sus textos que el islamismo es peligroso si se le deja dominar grandes territorios unidos entre sí, dado que el mismo se propaga no individualmente sino en forma de irrupciones violentas. Propugna Ganivet una política europea previsora dirigida a fraccionar el Islam, a interceptar sus corrientes, y nunca destruir por completo la independencia política del islamismo que por el hecho de existir tiene perfecto derecho a mantener poderes políticos autónomos.
Y por último, en cuanto a la relación de España con los países extranjeros, manifiesta su negativa a usar el derecho internacional para relacionarse con los países hispanoamericanos, puesto que, de su experiencia internacional, “jamás he podido tratar a los hispanos-americanos como a extranjeros”, magnífico por otra parte el pasaje donde relata la asistencia que le prestó a Agatón Tinoco en su lecho de muerte y el final de esa visita, donde declara que:
“las inteligencias más humildes comprenden las ideas más elevadas; y los que economizan la verdad y la publican sólo cuando están seguros de ser comprendidos viven en grandísimo error, porque la verdad, aunque no sea comprendida, ejerce misteriosas influencias y conduce por caminos ocultos a las sublimidades más puras a las que brotan incomprensibles y espontáneas de las almas vulgares”.
Serían muchas las páginas necesarias para desentrañar al personaje y a su obra, son muchas y buenas las fuentes existentes para ello, esto solo ha sido un acercamiento al autor y a una de sus obras, como ayuda a descubrir el pensamiento de uno de los grandes granadinos de la historia en el aniversario de su muerte.
Granada a 24 de noviembre de 2020
Antonio Gutiérrez Alonso
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