Corría el año 1894, cuando el capitán del ejército francés Alfred Dreyfus fue humillado públicamente en París, antes de ser encarcelado en la Guayana Francesa. Todo por un delito de traición que sus superiores sabían que no había cometido, pero se negaban a rectificar.
La tragedia del capitán Dreyfus empezó una mañana del mes de septiembre de 1894, cuando la encargada del servicio de limpieza de la embajada alemana en París, madame Bastian, que actuaba como agente para el servicio de espionaje francés recogiendo todos los documentos que terminaban en las papeleras o por cualquier lugar de la embajada alemana, realizó una entrega de “papeles” a los espías franceses. El ministro de la Guerra francés convocó un gabinete de crisis y encargó una investigación de urgencia a los jefes del servicio secreto, porque entre esos documentos constaba un anónimo oficial francés que se ofrecía para revelar secretos al agregado militar alemán en París.

Tomando como referencia la caligrafía de los documentos incautados, tanto el ministro Mercier, como los jefes del servicio de espionaje francés (declarados antisemitas), se conjuraron para inculpar al judío capitán Dreyfus, el 15 de octubre de 1894 era arrestado. Dreyfus desconocía que la única prueba que tenían contra él, era una breve anotación manuscrita en una de las hojas que madamme Bastian había cogido en la embajada alemana.
Se llevó a cabo la instrucción del caso, donde sin aún conocer Drayfus de que se le acusaba, a la vez se le obligaba a escribir palabras que aparecían en los documentos inculpatorios. Los calígrafos fueron presionados para que informaran que si bien la letra del documento no era de Dreyfus, éste la había cambiado conscientemente para despistar. Dado que no había pruebas concluyentes ni voluntad de rectificar por parte de los acusadores, siguieron la huida hacia delante y orquestaron una campaña mediática contra Dreyfus, principalmente desde el diario antisemita La Libre Parole, para conseguir el fin perseguido, que toda Francia creyera la culpabilidad del traidor y que la sentencia tras el juicio fuera la condena en firme de Dreyfus con una pública degradación y confinamiento de por vida en el penal situado en la Isla del Diablo en la Guayana Francesa, lejos de París.

Avatares de la vida, un año más tarde, los espías franceses, de nuevo requisaron una documentación perteneciente al embajador alemán en París, dirigida al comandante francés Ferdinand Esterhazy, el verdadero delator y traidor a la patria francesa.
Todo llegó a manos del ministro y jefes de servicio de espionaje francés que habían conjurado contra Dreyfus, y la medida tomada fue olvidarse del asunto, puesto que ya había un condenado en firme. Todos los implicados, a costa de la verdad, optaron por salvaguardar el honor a toda costa.
Las noticias trascendieron, y la familia de Dreyfus empezó a moverse, salieron a la luz pública las irregularidades en el juicio, y la opinión pública empezó a dividirse cada vez más. Un testigo identificó la letra de los nuevos documentos, con la del comandante Esterhazy y lo comunicó a la familia de Dreyfus, que siguieron con las actuaciones, presionaron hasta lograr que se hiciera un consejo de guerra al comandante Esterhazy, a quien finalmente se le hizo un juicio, con los mismos dictámenes calígrafos que se falsificaron junto con las pruebas por los jefes militares y sorprendentemente para todos, Esterhazy salió absuelto. Drayfus siguió confinado en la Guayana Francesa.
Con el paso del tiempo fue aumentando el número de personajes públicos que no admitían la injusticia que se estaba cometiendo con un buen militar. Es cuando surge el célebre escrito del Emile Zola J`Accuse…! el 13 de enero de 1898 en la prensa francesa, era un documento-denuncia de todo lo ocurrido en el caso Dreyfus y donde el escritor denunciaba públicamente con nombres y apellidos a los culpables. Consecuencias de la publicación del escrito, fueron que a Zola le impusieron una multa de 3.000 francos y tuvo que exiliarse a Gran Bretaña, pero al menos logró su fin, el mover las conciencias de los franceses, y eso si dio resultado.
En 1898 la izquierda republicana gana las elecciones, en ese cambio de gobierno, el coronel Picquart confesó desafiando a sus superiores militares y denunció todo lo que se hizo y no se hizo para que se terminara condenando a Dreyfus. Finalmente, el verdadero culpable, el muñidor de todo, el comandante Henry fue detenido y poco después apareció ahorcado en su celda y Esterhazy el verdadero delator, huyó a Gran Bretaña.
En 1899, después de cinco años de confinamiento llegó de nuevo a Francia para la revisión de su asunto, en la ciudad de Rennes. El juicio era una auténtica lucha entre los partidarios de Dreyfus y los partidarios del anterior ministro, sorprendentemente, tras el nuevo juicio, Dreyfus volvía a ser declarado culpable.
Emile Zola siguió removiendo conciencias, esta vez también a nivel internacional, el Gobierno de Francia, en una última acción, ofreció el indulto al capitán, éste lo rechazó, defendiendo su inocencia y clamaba su absolución, finalmente no aguantó y aceptó el indulto.
Una vez libre, Dreyfus logró la revisión de su caso y logró sacar a la luz todas las tropelías que se habían cometido para inculparle y donde además nadie había rectificado absolutamente nada, ni los del estamento militar ni los políticos involucrados, a fin de reparar la situación que había sufrido.
En 1906, doce años después, Dreyfus fue declarado inocente y reingresó en la Escuela Militar de París, de donde nunca debió haber sido expulsado, fue nombrado jefe de escuadrón y recibió la distinción de caballero de la Legión de Honor.
El escritor Emile Zola, no pudo ver el desenlace de la historia, ya que murió en 1902, de una intoxicación de monóxido de carbono mientras dormía en su casa de París. Durante el traslado de sus cenizas al Panteón de París en 1908, al que acudió Alfred Dreyfus, en el curso de la ceremonia, un periodista antisemita trató de asesinar a Dreyfus de un disparo. Aún quedaba en un sector de la población profundos sentimientos de odio hacia él y nunca creyeron en su inocencia.
En uno de mis viajes a París, el último de ellos, entre las pocas atracciones turísticas que me quedaban por ver, estaba la de visitar alguno de sus famosos cementerios, uno de ellos es el de Montparnasse, recomendable para todos aquellos que quieran ver las moradas perpetuas de ilustres personajes, que con sus obras han dejado huellas en nuestras vidas. Muchos de los visitantes que se ven a diario por estos lugares rinden con sus visitas, pequeños homenajes a esos moradores. En el cementerio de Montparnasse podemos encontrar descansando eternamente a Baudelaire, Sartre, Ionesco, Julio Cortázar, Samuel Beckett…. En ese silencioso paseo, también me encontré frente a la tumba del Sr. Dreyfus, una tumba simple, -hay quien mantiene que en la simpleza está la grandeza-, su tumba nada que ver con las museísticas tumbas de alrededor, una sola losa, con su nombre y otros tantos más de su familia, cubierta de piedrecitas (tradición judía) que atestiguaban el homenaje sincero de todas aquellas personas que aún le rinde homenaje a su persona.

He intentado condensar todo lo posible la historia de este capitán del ejército francés que conmocionó al país galo durante gran parte del siglo XX, por todas las connotaciones intrínsecas del caso.
Son muchas las lecciones que se pueden sacar de esta penosa historia. Yo me voy a centrar sólo en una, que tiene que ver con la comisión de errores, equivocaciones, (sin entrar en el tema de si ha existido mayor o menor intención) y el deber a rectificar.
¿Cuántas veces, como en la historia de Dreyfus, hemos asistido tanto en nuestro ámbito laboral, social o incluso familiar a la comisión de errores y equivocaciones, donde se han culpado a otros y quienes han errado ni lo reconocieron, ni mucho menos rectificaron?
Si nos centramos en el ámbito laboral o profesional, hay quien se empeña en inculcarnos que equivocarnos en un drama, es una deshonra y por eso, cuesta tanto rectificar. Otros, los más mezquinos, buscarán el error ajeno para elevarlo al infinito, con el fin de desprestigiar a quien lo ha cometido. Muchos, tratan la comisión de un error, como una cuestión de honor, como lo hicieron los jefes militares y políticos de Dreyfus.
Aunque en la historia de Dreyfus, los hechos pudieran exceder de un posible «derecho a errar», en nuestra sociedad, parece que el equivocarse, es patrimonio de unos solos, y que no puede afectar a otros, “a los elegidos”, y por supuesto no hay un derecho a ello, hay una obligación «ad perpetuam» a no equivocarse. Hay quien nos quiere hacer creer que el errar es una cualidad esquiva «a los que mandan», a los que “están arriba” y es siempre cosa de que ”están abajo”, no es así, todos cometemos errores, todos nos equivocamos, días si y otros días también. Lo sabio, lo valiente es reconocerlo a tiempo y rectificar, evitando así males y daños mayores, innecesarios e inmerecidos. Generalmente, las personas “menos buenas” y con más marcada “cuestión de honor” en sus genes, actuarán ante la comisión de un error por su parte, buscando una justificación, o a otro culpable, o incluso convencernos de que no existe tal error, cualquier vía es buena, para no caer en lo que ellos entienden como “deshonor”. No esperemos de ellos reconocimiento de error alguno, y por supuesto, tampoco la rectificación.
Cuando no se rectifica, se comete una doble injusticia, la propia de no rectificar provocando que el error continúe y la de hacer soportar sobre otros las consecuencias de nuestro error.
Alego al derecho y al deber a equivocarnos, pero también a la obligación de rectificar. El errar es innato a la condición humana, y el reconocerlo, una virtud que no todo el mundo tiene, sinceramente creo que es una virtud que distingue a las buenas personas, de las menos buenas, simplemente eso.
En la triste historia del capitán Dreyfus, destaca el mal hacer de todo el estamento militar y sus superiores políticos, ellos conciben la acción de rectificar como una asunción previa de culpa o responsabilidad, y por ahí, por supuesto, no van a pasar, ni por asumir culpa ni mucho menos por ser responsable de un error o cadena de errores.
Quienes son incapaces de reconocer la comisión de un error, piensan que son valientes, y a veces hasta listos e ingeniosos, nada más lejos de la realidad, son cobardes, y generalmente insolentes e indolentes. La verdadera acción de valentía es reconocer que se ha errado y por supuesto rectificar cuanto antes, lo contrario es cobardía e ignorancia.
Hay quien mantiene que la mejor rectificación es la que no es necesaria, esa tesis es incorrecta, porque eso significaría que hay quien no se equivoca nunca o quien no puede o debe equivocarse, y eso es imposible, dado que el cometer errores es una cualidad humana.
El funcionario grupo A1 se equivoca, no sólo el auxiliar administrativo, que también, el médico se equivoca, no sólo el enfermero, que también, el juez se equivoca, no sólo el oficial del juzgado, que también, el arquitecto se equivoca no sólo el albañil, que también, el jefe se equivoca no sólo el trabajador, que también, los padres nos equivocamos, no sólo los niños, que también….
Granada a 4 de diciembre de 2020
Antonio Gutiérrez Alonso
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