Hace unos días nos dejó mi tocayo Duarte. Convaleciente de una dura y penosa enfermedad que ha soportado durante un larguísimo periodo de tiempo como mejor ha podido, pero no solamente él, sino también su mujer Teresa.
Hoy escribo estas líneas en su recuerdo, y quizás por la desesperanza de no haber podido despedirme de él, de forma personal.
El tocayo –como él me llamaba-, era una persona de las que te dejan huella de por vida.
Nos conocimos durante mi época universitaria, él era un operario de la industria papelera curtido en mil batallas. Trabajaba en la que se conoce en la costa de Granada como “La Celulosa” de Motril, la mayor fábrica de TorrasPapel en España. Cuando terminaba su jornada laboral en la fábrica, cogía su «furgonetilla» dirección a Granada y se metía en la Facultad de Derecho todas las tardes de cuatro a ocho o nueve de la tarde. Les puedo decir que no faltó a ni una sola de las clases durante los cinco años.
Uno, que en la época de estudiante tenía que ahorrar hasta del consumo del aire que respiraba, se aprovechaba del tocayo Duarte para muchos viernes bajar desde Granada a Salobreña, a mi casa familiar, y otros tantos lunes para hacer el recorrido inverso, incluso en medio de la semana cuando por cualquier asunto familiar tenía que estar presente en Salobreña.
Durante ese tiempo, puedo decir que aprendí muchísimo en la Facultad de Derecho, pero el aprendizaje, las conversaciones y las historia que viví con mi amigo Duarte, esas, sólo quedan para mí y el valor que tuvieron y siguen teniendo no tiene precio, tanto o más que las académicas de la Universidad.
Antonio Duarte era un sindicalista de raza, siempre de sus CCOO, y una persona de izquierdas como las que hoy difícilmente puedes encontrar, no solamente por su sensatez en cada uno de sus planteamientos, sino por su practicidad en atajar cualquier situación conflictiva.
Me estremecía cuando me contaba sus vivencias por la España franquista, sus devaneos con los “maderos” y sus estancias en sitios poco o nada gratificantes simplemente a causa de sus ideas y por ejercer la defensa de unos mínimos derechos. Eran viajes en los que yo disfrutaba como un enano, puesto que la hora de viaje, daba no solo para eso, sino para arreglar todos los problemas socio-políticos y económicos del país.
Como buen trabajador, el tiempo tenía que aprovecharlo al segundo, entre otras cosas, hacía algo absolutamente genial. En más de un viaje, me decía, ¡Tocayo hoy toca escuchar el “Hit Parade”!, yo creía que me iba a poner a los Rolling Stone o a Los Beatles, pero no, el “Hit Parade” era como metafóricamente llamaba al manual de Derecho Administrativo de D. Ramón Parada. Los fines de semana se los grababa en cinta de casete y se la tragaba en los viajes de ida y vuelta, por supuesto él y quien iba de acompañante.
Antonio, terminó la Licenciatura de Derecho con prácticamente casi todas las calificaciones de Sobresaliente o Matrícula de Honor. El tocayo, siguió, terminó el doctorado en derecho laboral, su auténtica pasión, y posteriormente también terminó Ciencias Políticas y Sociología, su auténtica devoción.
Antonio Duarte era y es un ejemplo, de SUPERACIÓN, COMPROMISO, CONSTANCIA, de ESFUERZO, y de BUENA PERSONA y mejor COMPAÑERO, lo puedo atestiguar todo el que lo conocía y lo puede atestiguar especialmente su querida Teresa. Dicen que detrás de un buen y gran hombre siempre hay un buena y gran mujer, efectivamente esa es Teresa.
Con el paso del tiempo y los nuevos quehaceres profesionales quizá dejamos de tener el contacto que ambos hubiéramos querido, pero nunca faltó la ocasión para que por su parte se me preguntara por mis vivencias, avatares y éxitos personales y profesionales y también por los de mi hermano, para él, «el Juanillo». El tocayo Duarte, disfrutaba como nadie, de lo que le contaba, yo se lo que significaba para él todo eso.

Antonio Duarte, vivió y luchó por la clase obrera, desde siempre, por sus compañeros. Jamás dudó un segundo para actuar a la consecución de ese fin. Aun habiéndose jubilado de la actividad, seguían llamándolo para negociar los Convenios Colectivos a nivel nacional. Siempre recordaré mi primer pleito, después de colegiarme. Yo no había llevado un pleito todavía cuando un buen amigo me cuenta el grave y trágico accidente laboral que sufrió su joven hermano en la fábrica de TorrasPapel en Motril –GRANADA-, cuando una bobina de toneladas de papel le segó el pie y partió la pelvis. Al comentarme el caso, le dije que veía bien que un famoso abogado laboralista le llevara el pleito laboral, pero que no se olvidarán de la responsabilidad civil derivada del accidente. Mi amigo me confió esa reclamación, aun no habiendo llevado un pleito en mi vida. Me puse manos a la obra, era mi primer pleito. Si importante era el tema documental más lo era el pericial y la testifical, acudí a mi tocayo Duarte, era perfectamente conocedor del asunto y en cuanto le planteé la cuestión se puso manos a la obra con los compañeros y delegados sindicales del chaval, para ayudar lo máximo posible. Hubo intentos previos para no llegar a juicio, entre la empresa y la aseguradora, pero no fructificó el asunto, le reclamábamos 25 millones de las antiguas pesetas para el trabajador, y no cedían a mis pretensiones, yo tampoco, ni una sola peseta. Era justamente la cantidad máxima prevista en la póliza de seguros. La representación letrada de la empresa y la de la compañía de seguros, cuando vieron la cantidad y calidad de las personas que mi tocayo había llevado al juzgado el día del juicio para sostener la testifical me pidieron “in situ” firmar el acuerdo extrajudicial en la puerta del juzgado. No hizo falta pleito.
Hoy lo despido desde la soledad y la desazón de saber que me quedó alguna conversación pendiente. Sé que él me lo perdona, y ya tendremos tiempo de seguir charlando. Mientras tanto, donde esté, si hay algún patrón, que tenga cuidado con la negociación colectiva, porque las cosas a partir de ahora posiblemente cambien.
Nuestros padres nos contaban lo dura que era la vida de los abuelos y lo que costaba conseguir las cosas, casi siempre para incentivarnos y aprovecharnos de las mejores condiciones a fin de conseguir un futuro mejor. Hoy vemos como nuestros hijos, lo tienen absolutamente todo, y aun teniéndolo absolutamente todo, la mayoría de las veces no saben aprovechar nada. Mi hijo ya casi entra en la edad de la adolescencia y empieza a contarme historias de lo duro que es el estudio y la falta de tiempo. Yo empiezo ya a contarle las historias de mi tocayo Duarte.
Hasta siempre tocayo.
GRANADA a 30 de marzo de 2021
ANTONIO GUTIÉRREZ ALONSO
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