Atendiendo al diccionario de la RAE, el término “vulgar”, tiene varias acepciones, en la primera, se refiere a dicho término como adjetivo, “perteneciente o relativo al vulgo”, en la segunda, igualmente, “dicho de una persona, que pertenece al vulgo”, en la tercera, “que es impropio de personas cultas o educadas”.
En 1930 se publicaba la célebre obra de D. José Ortega y Gasset, “La rebelión de las masas”, y que entre otras lindezas y para el fin sobre el que escribo estas líneas, decía a cerca de la vulgaridad que “Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho a la vulgaridad y lo impone dondequiera”, quien no sea como todo el mundo, quien no piense como todo el mundo, corre el riesgo de ser eliminado. Escribía Ortega y Gasset en esa obra: “Esto es lo que (…) enunciaba yo como característico de nuestra época: no que el vulgar crea que es sobresaliente y no vulgar, sino que el vulgar proclame e imponga el derecho a la vulgaridad, o la vulgaridad como derecho”, para concluir que “El hombre vulgar, antes dirigido, ha resuelto gobernar el mundo”.
Pocos años antes de nacer el universal profesor madrileño, el filósofo alemán Arthur Schopenhauer, llegó a escribir manifestar que “cuanto más vulgar e ignorante es el hombre, menos enigmático le parece el mundo; todo lo que existe y tal como existe le parece que se explica por sí solo, porque su inteligencia no ha rebasado aún la misión primitiva de servir a la voluntad en calidad de mediadora de motivos”, terminaba Schopenhauer manifestando que “los hombres vulgares solo piensan en como pasar el tiempo, y que un hombre inteligente procura aprovecharlo”.
También unos años antes de nacer Schopenhauer, en Inglaterra, el poeta y ensayista Samuel Johnson, llegó a manifestar “que la gente vulgar exprese sus ideas con claridad está lejos de ser cierto, y cuando lo hace no se debe a su facilidad de expresión, sino a la superficialidad de sus ideas”.
En nuestros días, y en todos los ámbitos que nos rodean diariamente, y de los que recibimos influencia involuntaria y sin buscarla, percibimos la vulgaridad por cualquier parte. A día de hoy es perfectamente defendible la tesis de que la vulgaridad que nos invade por todos los lados, es fruto del camino tomado por el desarrollo de la civilización actual hace ya algunos años, de las comodidades fácilmente logradas, de los extensos efectos del mal entendido y aplicado principio de igualdad por parte de los poderes públicos y de la destrucción de lo que en tiempos pasados se consideraban como dogmas sociales, políticos o de cualquier otra análoga naturaleza.
Hoy el hombre vulgar, plenamente instaurado en todos los sectores y ámbitos de la sociedad, ya sea a nivel político, artístico, periodístico, etc.…, está plenamente convencido de su poder, de su derecho a imponer la vulgaridad como decía Ortega y a gobernar el mundo sin ningún tipo de límite, la manifestación de S. Johnson es hoy en nuestra clase política, más aplicable que nunca.
Hoy lo vulgar ha vencido, pero no solo en la forma de hablar (solo hay que visitar cualquier colegio y ver como se dirigen a los profesores los alumnos, y además promovido por los mismos profesores), de relacionarnos, en la forma de vestir, en la forma de pensar, en la forma de gobernar… Todo ellos no es casualidad, es también fruto de la políticas nacionales e incluso europeas que promueven la mal entendida “igualdad”, si la “igualdad” pero “por abajo”, porque por arriba es imposible, requiere esfuerzo, esfuerzo al que el vulgar renunció hace tiempo, por eso mismo es vulgar.
Todo lo anterior, tiene su culmen, con lo que creo que de forma irónica Javier Gomá (Premio Nacional de Ensayo 2004), llegó a manifestar: “yo pido respeto por la «vulgaridad», pues es el resultado rigurosamente contemporáneo del igualitarismo y del proceso de la liberación subjetiva del yo”. (https://www.abc.es/cultura/abci-jovenes-gozan-libertad-antes-conquistada-y-ahora-subvencionada-padres-200909200300-1024274834020_noticia.html#:~:text=%2DNo%2C%20yo%20pido%20respeto%20por,y%20del%20fruto%20de%20sus) Manteniendo que hoy lo que tenemos es “una juventud subvencionada por sus padres, liberada por herencia y sostenida por otros, y a la que nadie le ha dado instrucciones para un uso responsable de su libertar”, convirtiéndose en “consumistas y en prisioneros del peor capitalismo” a lo que yo añadiría y de la “peor vulgaridad”.
Lo más preocupante, en estos momentos, no es que la vulgaridad está en todos los ámbitos, en los poderes públicos, en todas las administraciones, empezando por la educativa desde cualquier nivel, en la música, en los medios, etc.… Es que, además, lo vulgar se ha enraizado en las instituciones de una manera irreversible y ya se irradia no solo desde la clase política gobernante, sino desde y en los propios funcionarios públicos con los que a diario estamos obligados a tratar. Respecto de los primeros, no tenemos que irnos muy lejos para ver ejemplos de vulgaridad cuando no en el aspecto y decoro físico, que también, lo es en el lenguaje, en los gestos, en los comportamientos, en el trato, y en tantas otras facetas impropias de quienes nos dicen o quieren representar. Sin necesidad de señalar a nadie, me basta con la mayoría de los 349 diputados del Congreso, me da igual del partido político al que pertenezcan, como ejemplo de vulgaridad, en cualquiera de las distintas vertientes.
Para finalizar, y en contraposición a la vulgaridad, no nos queda más remedio que huir de ella como sea, buscando la belleza donde esté, y en sus distintas vertientes, aunque cada vez se encuentre más apagada por la vulgaridad e imperceptible para el resto. Ella posee el poder de provocar sensaciones más fuertes que la vulgaridad, es lo único que romperá el mundo insípido, indiferente y vulgar, que nos han impuesto. Lo que hace unos años nos parecería lo más común, hoy puede ser extraordinariamente bello, quedémonos con ello, es nuestra salvación.
ANTONIO GUTIÉRREZ ALONSO
GRANADA a 24 de julio de 2022
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