LA VERDAD

Ya en las postrimerías de este verano y a la vez periodo vacacional, uno hace una pequeña remembranza de lo que el verano ha dado de sí en cuanto a la lectura de libros, actividad a la que igual que otra mucha gente, me gusta dedicar gran parte de las horas del verano. Este verano,…

Ya en las postrimerías de este verano y a la vez periodo vacacional, uno hace una pequeña remembranza de lo que el verano ha dado de sí en cuanto a la lectura de libros, actividad a la que igual que otra mucha gente, me gusta dedicar gran parte de las horas del verano.

Este verano, por diversas vicisitudes, en ese sentido, no ha sido tan provechoso como me hubiese gustado, pero, aun así, ha dado de sí bastante.

En esas distintas lecturas veraniegas, con el paso de los días, me he dado cuenta de que, siendo libros muy distintos, hacían referencia o aparecía muchas veces referencias a un mismo término, y es lo que me ha llevado a escribir estas líneas. Esas referencias o término era “la verdad”.

Una de las primeras lecturas fue “El verano de Cervantes”, la última obra de Antonio Muñoz Molina, donde el autor ubetense explora al Quijote desde su influencia en otros célebres escritores de la literatura mundial, también relacionándolo con recuerdos en su pueblo natal en época infantil, y con sus lugares estudiantiles de su etapa juvenil. En esta obra, su autor, se refiere a la personalidad del famoso hidalgo, conceptualizando su locura no como una locura relacionada con la demencia, sino con la locura de creer y hacer creer como verdad a todo el mundo, lo que realmente ve o pasa por su mente en un determinado momento.

Terminado ese libro, le tocó, al clásico, archiconocido e imprescindible de la historia de Roma, “Yo, Claudio” del autor inglés, Robert Graves. El libro no tiene desperdicio desde la primera hasta la última de sus páginas. En uno de sus capítulos, se contempla un diálogo entre los dos hermanos, Claudio y Germánico, el primero le intenta trasladar al segundo la verdad de lo sucedido con la muerte de Agripa Póstumo.  Germánico casi no quiere creerlo por su deber, fidelidad y lealtad al Emperador Augusto, y por tanto a su esposa Livia, la realmente responsable de todo lo que sucede en esa etapa del imperio romano. Aunque sabe que Claudio no le miente, Germánico concluye diciéndole: “Siempre seré fiel y leal a Roma, al emperador y a la verdad”. Curiosa esta declaración, porque puede que exista en sí misma y en ese determinado momento clara y palmaria contradicción. Igual no se puede ser fiel a la verdad y al emperador al mismo tiempo, como era el caso.

Terminado “Yo, Claudio” decido terminar con “El asombroso viaje de Pomponio Flato” de Eduardo Mendoza, divertidísimo libro donde el narrador, el propio Pomponio Flato, al preguntarle a José, padre de Jesús, antes de ser ajusticiado por los judíos ¿Por qué no  me cuentas la verdad?  José le responde ¿Y qué es la verdad? A lo que Pomponio Flato le contesta: “Unas veces, lo contrario de la mentira, otras veces lo contrario del silencio”.

No se que me pasa este verano con “la verdad” pero me aparece por todos lados.

Antes de escribir estas líneas, he intentado buscar o acercarme al término desde varias ópticas, son muchísimos los recursos, artículos y “post” que nos podemos encontrar a cerca de “la verdad”.

De todo lo que he leído me ha interesado muchísimo, como distintos filósofos de distintas épocas se han acercado a analizar y disertar sobre el término verdad, y las repercusiones que han tenido y la  dificultad de ponerse de acuerdo en lo que es ese término.

Es muy difícil, entiendo que, a las primeras de cambio, alguien pueda pensar que haya algo más objetivo que “la verdad” ya que automáticamente se relacionaría con algo cierto, irrefutable desde el punto de vista empírico o de la ciencia. Nada más lejos de la realidad, después de lo leído y visto, y que de forma sucinta expongo a continuación, haciendo referencia a algunos autores y filósofos, porque a todos sería imposible, en una publicación tan corta.

Para Aristóteles, la verdad, era algo totalmente objetivo, ya que la base de la verdad era la realidad, si algo no se correspondía con la realidad, no podía ser verdadero, por lo que la verdad existe con total independencia de nuestras creencias o juicios personales. Por lo tanto, para Aristóteles es fundamental a la hora de entender o acercarnos a la verdad como concepto lo sensorial, lo que percibimos a través de nuestros sentidos.

Si partimos de esa teoría aristotélica, imaginaros cuando llegamos a Descartes, el mismo que nos decía que tenemos que desconfiar de los sentidos porque son poco fiables y nos pueden engañar, y por lo tanto, si eso es así, difícilmente nos pueden proporcionar verdades, o por lo menos verdades indudables, como mantenían las teorías aristotélicas.

Es por eso por lo que Descartes, decía que “sólo estaba seguro de que no estaba seguro de nada”. Para Descartes nunca se podía hablar de verdades absolutas, decía que nuestras verdades son relativas, ya que nosotros somos finitos y por tanto nuestras verdades no podrán ser por tanto válidas universalmente. Propugnando además que cada cosa tiene su propia verdad. Descartes utiliza la “duda metódica” como mecanismo para encontrar un principio evidente y llegar a la verdad. ¿Y como lo hace? Pues dudando de la propia información que nos dan nuestros sentidos, puesto que pueden llegar a engañarnos con espejismo e ilusiones ópticas. Para llegar a la verdad, ponían en duda absolutamente todo desde el principio.

Posteriormente, sobre esto, autores como Nietzsche, nos viene a decir que la afirmación «nuestros sentidos no mienten» era falsa; ya que, según él, los sentidos humanos pueden engañar debido a errores de percepción, interpretaciones del cerebro, y son limitados en su capacidad para captar el mundo real. Argumentaba Nietzsche, que los sentidos ofrecen «apariencias» o «fenómenos», pero es la razón, no los sentidos, la que se equivoca al formular juicios erróneos sobre la «cosa en sí». Un ejemplo de esto son las ilusiones ópticas, donde lo que vemos no se corresponde con la realidad. 

Kant en la misma línea que Descartes, a la hora de acercarse a la verdad, tampoco se atrevió a defender una verdad absoluta, por ser difícil de alcanzar, ya que, como condición para la validez de nuestro conocimiento, la verdad, siempre estaría limitada por las condiciones de nuestra propia experiencia. Para Kant la verdad vendría a ser la correspondencia entre el entendimiento y el objeto (o la realidad), para él no hay una única verdad, sino varias, como la verdad empírica (basada en la experiencia) y las verdades a priori (fundamentadas en la estructura formal del conocimiento, el espacio y el tiempo).

¿Pero como establecemos esa relación entre el entendimiento y el objeto para llegar a la verdad? Pues a través de lo que Kant llama “verdad trascendental”, que no es ni más ni menos que a la forma de la experiencia previa en general, o las condiciones por las que un objeto es precisamente un objeto para nosotros, así ser objeto es tener verdad trascendental. Son las condiciones a priori de la objetividad.

Posteriormente, llega Nietzsche, establece en sus teorías una dura y feroz oposición a la noción o existencia de una verdad objetiva y universal, ya que, para él, la búsqueda de una verdad absoluta es una ilusión. Para Nietzsche la verdad es una construcción humana influenciada por cuestiones y elementos personales, como los deseos, perspectivas personales, sociales, intereses, etc.… En definitiva, las verdades no existen fuera de las perspectivas humanas, sino que son el resultado de interpretaciones, deseos y relaciones de poder, no hay hechos puros e independientes, sino interpretaciones surgidas de las necesidades y pulsiones humanas.

En sus «Fragmentos Póstumos» el filósofo alemán  escribió su más famosa frase: “No hay verdad, sólo interpretaciones”. Toda una declaración de intenciones.

Vista en la historia de la  filosofía y del pensamiento universal, la cantidad de autores que han teorizado sobre la verdad, la dificultad de llegar a una conceptualización de la misma tras años y siglos, y la más que probabilidad que sobre dicho concepto difícilmente podamos concretarlo como un concepto o elemento objetivo como se había expuesto al principio, ¿Quién se atreve a decir que tiene la verdad o que conoce la verdad como elemento absoluto e  irrefutable? Pues realmente más gente de la que creemos.

Pensemos, reflexionemos….

A raíz de todo esto, es muy buena la conclusión a la que llegó el sabio y filósofo francés del siglo XVI, Michael de Montaigne, cuando manifestó que “El mayor enemigo de la verdad no es la mentira, sino la ilusión de saber la verdad”.

¡Cuánta verdad en esa frase! ¡Y cuanto daño se ha podido cometer y se está cometiendo actualmente por personas que han vivido o tenidoo están teniendo esa ilusión!

Antonio Gutiérrez Alonso

Agosto 2025

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